Puedo mirar al sol de a poco
como a tus ojos cuando miento.
Quiero mirar con los dedos
el sonido de un remolino
que quiso seguir vivo en tus dilemas.

Encontré el borde del mundo
en la comisura de tus labios
pero di la vuelta cuando hablaste.
Como un cartógrafo del cielo
dibujo los accidentes que encuentro.
El cuerpo de las palabras se fugó
en mis ojos que oyeron su peso.

Pero no dijiste nada
que no supiera,
el fin del mundo no
está en tu boca si-
no en el cielo.

(y habría que explicar
que el “mundo” es un cuerpo léxico)

Desde entonces miro al sol
buscando en el calor
alguna puerta que conduzca de nuevo
al eterno manantial misterio
de tu pequeña geografía.

 

Yo puedo
                  saber
sin nombrarte decir
                     que existen
cosas que ni el viento
           finalmente
se va a llevar

son iguales 
a todos los besos del mundo
todas las tumbas del mundo.
No le pregunto al amor
porqué cómo cuándo dónde
bien sé que el deseo
se corre cuando estás por alcanzarlo.

              Yo puedo
saber
              sin nombrarte decir
que existen
              cosas que ni el viento
finalmente
              se va a llevar

son iguales 
a todos los besos del mundo
todas las tumbas del mundo.